27-3-2012
Uruguay ha tomado la decisión política de votar, en el seno del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, a favor de enviar una misión investigadora a Israel, con el propósito de determinar el impacto que, en materia de derechos humanos, tiene el establecimiento de colonias judías en territorios ocupados por ese país. Es una decisión inconveniente, está llamada a tener efectos contrarios a los procurados, y perjudica los intereses del país en materia de política exterior.
Que es inconveniente lo expone el hecho de que la posición oficial uruguaya coincide con su reticencia a apoyar similares mecanismos de contralor en esa materia en el caso de Irán, o su resonante silencio (equivalente a un verdadero patrocinio) frente a la sistemática violación de los derechos humanos en Cuba. No le toma a nadie sino unos segundos darse cuenta de que, en esta materia, Uruguay ha dejado de sustentar una posición de principio, optando por apañar a quienes se siente más afines, y denunciar a quienes se siente más distantes.
En el caso de Israel y el Consejo de Derechos Humanos la inconveniencia de la posición oficial uruguaya se pone de manifiesto ante el hecho de que ubica al país en el pelotón de los que, en forma sistemática, han convertido a esa corporación intergubernamental de la ONU en un foro antiisraelí, en el que, al igual que ocurriera con la antigua Comisión de Derechos Humanos, violadores seriales de esos derechos logran distraer el foco de la atención internacional de sus excesos, para concentrarlos en los israelíes.
De ahí que concluyamos que la votación uruguaya no logrará sino obtener efectos contrarios a los procurados. El cacofónico mundillo del Consejo carece de toda legitimidad ética o moral, desde que la ha sustituido por una campaña antiisraelí, en tanto el voto uruguayo ha logrado, finalmente, que Uruguay pase a engrosar esa hipócrita campaña, alejándolo de la posición de país amigo de Israel, apto para sugerir, aconsejar e influir en la siempre áspera situación de Medio Oriente.
Aquello que debilita, por ende, la limitada influencia que nuestro país podía tener en estos asuntos, y le resta autoridad a su voz, termina siendo, por definición, contrario a los intereses nacionales. Con este voto hemos perdido casi todo el capital de confianza y buenos oficios que la diplomacia tradicional del país había edificado en Israel, y lo hemos sustituido por un abierto apoyo a quienes atacarán a Israel, como ya lo ha anunciado públicamente por parte del presidente iraní, sin importar lo que los israelíes hagan. No menos contrario al interés nacional: nos hemos convertido en claque de un innegable violador de derechos humanos, como lo es el gobierno de Irán.
Este último aspecto es, sin duda, el más serio. Irán, sus violaciones a las normas de la convivencia civilizada y su sistemático alejamiento de la comunidad internacional se han convertido en un factor de aislamiento y temor global. No es un drama en el que Uruguay tenga ni arte ni parte, salvo por el hecho de que una incomprensible línea política emanada de Venezuela ha traído esa realidad a tierras uruguayas, como si no tuviéramos ya problemas a resolver.
La improvisada y nada profesional dirección de la política exterior, esa misma que confiesa en público no disponer de recursos humanos con los que negociar asuntos bilaterales con Argentina, ha traído a estas costas ahora el caleidoscópico y peligroso mundo de los conflictos de Medio Oriente, y lo ha hecho a expensas de amistades tradicionales, de nuestra credibilidad, del peso de nuestra voz, y a cambio de nada.
Una política equivocada
27/Mar/2012
El Observador, Editorial